Rui do de fondo, Don Delillo
DeLillo hace uso de un localismo y un costumbrismo, propios de una estética realista pasada por la turmix purificadora de la parodia más bestia —pienso en referentes cinematográficos como Buñuel o Todd Solondz—, sin miedo a ser demonizado; porque el localismo y el costumbrismo están tan demonizados, en el ámbito de la literatura actual, como el uso de los adjetivos, la autoficción, la épica o ese tono mayor al que acabo de referirme: habría que acabar con esos prejuicios minimalistas y pseudomodestos, que restan honestidad a la materia literaria y que tienden a configurar un canon espurio, en el que se olvida que lo importante es escribir buena autoficción, buena prosa —barroca si conviene al propósito del autor—, o buena épica en un periodo de la Historia que aún nos da razones para el impulso épico. DeLillo se pasa por el arco de triunfo las demonizaciones y hace lo que cree que debe hacer: entre carcajadas, DeLillo es un novelista moral, que nos cuenta que, a los dos lados del Atlántico, en este espacio confuso que se llama Occidente, se comparten las mismas angustias durante la era de la globalización. El localismo y el costumbrismo son los elementos básicos para conseguir la universalidad, si por universalidad entendemos la de este mismo espacio confuso, occidental y globalizado.
El lector se identifica con Jack Gladney, narrador y pater familiae, pese a que Gladney es estadounidense, especialista en Hitler y se ha casado en cuatro ocasiones, una de ellas con una especie de agente secreto de la CIA. La fantasía y ese modo de la hipérbole, que se utiliza tanto en los géneros de terror como en los cómicos, constituyen las estrategias de aproximación que DeLillo pone en marcha, de un modo magistral, en esta novela de la que inferimos que todos los primeros mundos son el mismo primer mundo y que ese primer mundo mismo no es un mundo igualado en lo bueno, sino más bien en lo patológico. Un mundo deficiente. Los personajes se dibujan a través de una serie de diálogos de besugos —no puedo evitar rendir oportuno homenaje a los peces y los patos de Central Park sobre los que Holden Caulfield conversa con Howitz, ese simpático taxista— que revela esa forma de conocimiento enciclopédico, confuso, cogido por los pelos, movedizo, que vamos construyendo a partir del input al que nos exponen los medios de comunicación. La información se presenta como una rama más del show business y, más tarde, se puede reutilizar en los juegos de mesa: es algo que se acumula y se compara, una masa a partir de la que se compite, pero nunca el dato preciso y veraz, que propicia la reflexión o el pensamiento crítico. Mientras tanto, Gladney y su familia, nosotros y la nuestra, con el dedo metido en la boca, estamos tan entretenidos, como confusos, temiendo lo inevitable —la muerte física—, cuando quizás deberíamos temer y tratar de transformar algunas cosas mucho más inmediatas y decididamente evitables.
Sol o con invitación: La enfermedad, Alberto Barrera Tyszka
Un médico, Andrés Miranda, teme que su padre padezca una enfermedad. El viejo ha tenido un desmayo.
«¿Por qué piensa lo peor?»
«Porque, a veces, lo peor también sucede»
Y sí, en esta novela, sucede.
El miedo de Andrés se confirma. Javier Miranda tiene cáncer. Le quedan pocos días de vida. La trama principal de La enfermedad, la segunda novela de Alberto Barrera Tyszka y ganadora del Premio Herralde de Novela, arranca con un dilema ético. Andrés defiende la tesis de revelar toda la verdad al paciente. «Los pacientes necesitan estrujar cada palabra; las exprimen buscando su significado más directo, limpiando cualquier matiz», dice el narrador omnisciente. Pero ahora Andrés no se atreve. Duda, miente.
El dilema crece durante un viaje a la isla de Margarita. Allí se habían refugiado del dolor cuando la madre de Andrés murió en un accidente aéreo. Muchos años después, Andrés cree que es un buen lugar para confrontar el empequeñecimiento de su padre, convertirlo en «un cuerpo. Otro», uno más.
Mientras tanto, surge la primera subtrama de la novela, en forma de correos electrónicos que aportan polifonía. Los escribe un paciente de Andrés, obcecado e hipocondríaco. A la tensión (¿le dirá la verdad a su padre?) se suma otra de índole paranoica: Ernesto Durán le persigue, da rienda suelta a una obsesión.
Se suman más tramas. Acostumbrados como estamos a leer textos de 500 páginas que no se atreven a romper la monotonía de una voz en primera persona, la novela de Barrera Tyszka resulta gratificante. El lector se interna en la soledad de la secretaria de Andrés que fantasea con el hipocondríaco, en la dura vida de la asistenta del padre que trata de salvar a su hijo de la muerte prematura que le garantiza la delincuencia caraqueña, en el doble juego de la amante del padre.
La novela, además, sostiene una tesis, una investigación, que se resume en el título: La enfermedad. Disertaciones narrativas sobre este «acto desleal», esta «infidelidad inaceptable»: «Es otra de las secuelas de la enfermedad: la agonía privada pasa a ser una ceremonia colectiva».
La novela me transportó a mi Caracas de crianza. En medio de un castellano universal, deudor de los inicios poéticos de Barrera Tyszka, el autor siembra palabras que sirven de cédula de identidad: «metiche», «pendejada», «cachar». Y luego el ambiente: la montaña soberana El Ávila que preside la capital, las escaleras interminables de las barriadas marginales, el tufillo político que siempre flota en el aire («terminan, por supuesto, hablando del país. Ya es muy común»). Pero la política dicotómica que asola Venezuela no impregna la obra de Barrera Tyszka. No cae en esa tentación. Su posición política la sostiene en otras tribunas, como la columna de opinión que mantiene en El Nacional desde 1996. Incluso en el cuento, como sucede con “Escritores famosos”, que publicó en la antología del cuento sudamericano, editado por Páginas de Espuma. Pero no aquí. Aquí se habla de enfermedades. Quizás sea metafórico que la columna central de la narración sea un enfermo terminal. Quizás no.
Este libro ratifica el oficio y la madurez técnica de Barrera Tyszka: cuando restan muy pocas páginas para finalizarlo, cuando el pulgar de la mano derecha presiente sólo dos o tres hojas, me preguntaba cómo podría enlazar y cerrar todas las tramas abiertas en el exiguo espacio que faltaba. Lo logra y, además, estremece.


















